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Camilo del Mar

 - Arte Espacial  - Paisajes, forma y universo

Paisajes, forma y universo

El paisaje exterior que se (re)presenta en la pintura es la de una nebulosa que parece recogerse o desplegarse en espiral. Hay en ese caso dos formas. En la primera, la espiral se recoge en su interior. Los elementos contenidos en ella decrecen a medida que esta se dirige hacia su centro. Y aquí, en el interior, cada elemento se halla sintetizado en una nueva forma. Pero, aunque nueva, esta forma naciente o nacida, siempre guarda en sí misma lo que antes fue. Con la segunda, con la espiral que se despliega, sucede lo contrario. Esta empezaría desde el centro o en el interior, e iría hacia afuera. Los elementos contenidos en ella ya no decrecen ni buscan sintetizarse, sino que tratan de ir de lo uno (lo sintetizado) hacia lo múltiple. Cada elemento crece.

Estas dos formas, en el caso del arte espacial, significan y representan lo macro y lo microcósmico. Esta es la idea de lo particular y lo universal, la posibilidad de que en una gota de agua participe y esté contenido todo el universo, y de que en este, en el universo, siendo tan vasto y tan multiforme, esté la gota de agua. De este modo, en la pintura, estas dos formas de la espiral en la nebulosa, puesta en una especie de contrapunto, de unidad y oposición, significaría, primero, la rara complejidad del espacio cósmico. Lo segundo (y pensando la relación entre lo que crece y decrece, lo uno y lo múltiple del espacio cósmico, el centro y el afuera), esto haría pensar en la nebulosa como una forma orgánica, cuyo sentido sería, acaso, el de que las formas de nuestro espacio se extienden en dos o más realidades. Realidades incluso que no buscan forma, sino justamente realidad o existencia.

No hay definido un paisaje en esta pintura. O quizá el paisaje en la pintura sea eso, lo que no está definido. Vemos en ella, casi de forma superpuesta, el difuminado blanco sobre una especie (por poner un nombre) de espacio cósmico variopinto. En ese caso, lo definido, el paisaje, sería la posibilidad de hallar la forma de ese espacio interior, de ir hacia él pasando las fronteras de ese blanco que cubre y encubre, pero que luego, ubicándonos en el interior, en el espacio variopinto, ese blanco descubre o dirige lo que se descubre. Tenemos entonces que en la pintura, el difuminado: cubre, encubre y descubre. Esto significa que el sentido de lo que pueda haber en el interior solo lo explica el blanco difuminado. Así pues, hay en la pintura dos planos: uno interior (el espacio cósmico) y otro exterior (el difuminado). Bien mirado y según la perspectiva, un arriba y un abajo.

Como en la anterior pintura, tenemos aquí en este paisaje, de nuevo, la implicación de lo macro y lo microcósmico. Pero el ejemplo o el sentido no es el mismo. Decíamos que en lo particular podía estar y participar lo universal y así de forma viceversa. En el caso que analizamos, sin embargo, vimos que el difuminado (lo exterior) no comparte una igualdad con el espacio variopinto (lo interior), pues el primero, lo blanco, lo sugiere a la vez que lo oculta. Así pues, lo macro y lo microcósmico en la pintura se establece más es un estado de co-implicación que de implicación directa. De este modo, quizás, lo que puede significar la pintura es que el espacio mismo busca justificarse, o que cada elemento no significa nada por sí solo, sino cuando está puesto en un todo con lo otro. Acaso no se sepa que hay en el interior; acaso no sea necesario o interese. Quizá lo que interese no sea entender el espacio, sino su búsqueda.

Diego Alejandro Olarte Quintero

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